(para su dueño anterior)
Ella es tan especial, pero quién podría creerlo. Muchísimo menos aún creerían la forma en que llegó hasta mí, así que ni siquiera intentaré contarlo. Digamos que fue en un trueque inédito.
No es tierna, ni obediente. No mueve la cola cuando llego a casa. Nunca aprendió a devolverme la pelota de tenis que insisto en arrojarle con la esperanza de que un día me la regrese. A primera vista (si hubiera alguien a quien mostrársela), uno podría pensar que lo inusual de su expresión es lo único que la distingue de las demás. Ni qué hablar de su condición de doméstico, tan extraño entre los de su especie. Pero hay algo más. Muy tarde cada noche, cuando la mayoría de los perros o gatos duermen bajo la luna o bajo un árbol o una silla de la cocina, ella inicia su ritual.
Cómo olvidar la primera noche. Eran casi las dos de la madrugada. Yo había apagado la luz para dormir cuando escuché unos ruidos que venían del patio. Me dije que quizás estaría recorriendo su nuevo hogar. Luego se oyó la caída de una silla. Y después un murmullo apagándose, como de expectativa. Entonces me levanté y me asomé a la ventana que da al patio.
No me atrevería a contar lo que vi. Sólo me queda escribirlo, dejarlo registrado en estas notas que probablemente nadie leerá. En medio de la oscuridad del patio, una luz blanca proveniente de algún sitio en las alturas empezó a dibujar un haz, a la manera de un reflector, sobre la mesa de la galería. A medida que ganaba intensidad pude distinguir sobre ella a mi mascota, de pie sobre sus patas traseras y en pose de comenzar un show. Llevaba un traje oscuro a medida y un sombrero y miraba hacia un punto infinito delante de sus ojos. Con su rostro despojado de gestos, pero consciente de un público escondido en las penumbras. Quizá su mirada iba mucho más allá de eso: eran los ojos del que conoce muy bien su oficio. Sonó Scott Joplin al piano y podría jurar que era en vivo. Ahí estaba, en claroscuros, ante ojos invisibles que se clavaban ávidos en la delgadez de su cuerpo. Ahí estaba, lista para iniciar su función, mi hiena que no sabe reír.
Diana H.
7 huellas:
Así que una Hiena que no sabe reir, con traje entallado. Tu sigue intentando lo de la pelota, como decía aquel lo importantes es participar...
...por cierto, yo si lo he leído, me he perdido alguna parte de esta abducción, o lo he entendido demasiado bien.
Un abrazo
querida, aunque de prisa y desordenadamente, como corresponde a los tiempos actuales, algunos te leemos...
En esa otra realidad, o registro de la realidad, que descubre la escritura las hienas del día no pueden reír porque, quizás, se entregan a pesar de ellas mismas al espectáculo de sus fantasías.
Un abrazo, querida Diana.
Yo quiero una como la tuya, Diana.
Asomados también a esa ventana, el público lector no puede dejar de preguntarse por los detalles inconfesables de ese trueque inédito, pues queda en el aire la posibilidad de que toda mascota de misteriosa procedencia pueda tener la doble vida de un hiératico cantante melódico (virtudes del realismo mágico). Un saludo desde la callada penumbra.
Supongo que todo lo nuevo es un misterio. Las sorpresas son la esencia de la vida.
Besos.
Ojalá llegue el momento en que nos encontremos en tu jardín y me sorprendas con esa hiena que describes tan hierática, tan trajeada ella y de fondo escuchemos el piano de Scott Joplin. Ojalá consiga junto a ti arrancarle una sonrisa-
Cuánta imaginación amiga-
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