13 diciembre, 2009

Destino



El destino de cada viaje se esconde en su silueta de esqueleto.
Fin de la pesca, salvación temporaria de unos cuántos. Cáscara desnuda de voces, reflejo de soles con ecos de caracol; canto mudo de noches sin velas, sin remos, sin timón. Siesta despojada de partidas y arribos. Fantasma en las tormentas de travesías que no serán.
Inmerso en sales de olvido, yace ahogado entre millares de gotas que se han confabulado para ser masa asesina; para enterrar travesías y tronchar huídas. Para corroer maderos inútiles como mandíbulas de tiburón enjauladas. El sol resalta su fin y sin embargo nada ha cambiado en la superficie.
Aquí los mismos llantos, las mismas caricias, las mismas bocas hambrientas que esperan. Los mismos hombres y mujeres buscándose en sus soledades; huyendo de lo que encuentran. Abrazando pompas de jabón, regando campos estériles como rocas milenarias. Arropándose en la oscuridad, matando sin saber por qué; engañando por dinero y ocultando por amor. Despedazándose; enamorándose. Encendiendo estrellas entre plagas y miserias; intoxicando azules y verdes. Silbando melodías en medio del desgarro; invadiendo sin entender, desorientados entre besos y escoria. Reverenciando el milagro ocasional de unos ojos inocentes y del encuentro fortuito; de la risa y de la magia de las coincidencias. Deseando ingenuamente que los niños no crezcan mientras los ayudamos a sostenerse con dignidad ante los monstruos que les esperan, con todas las fuerzas de nuestros deseos y escasos de herramientas para semejante empresa. Buscando rendijas por donde asomarnos al mundo cada día y volver a sonreír. Y tratando de convencer a alguien de que no deje de hacerlo. Llorando con alguien a veces, para apaciguar al menos la asfixia del desamparo.
Otra tarde transparente caerá mansa sobre el agua. Cerrará una oportunidad más de mirarte en su reflejo, de vernos, de sentirnos; de zambullirnos sin más. Y nadar hacia nuevas costas siempre vírgenes sin importarnos que ya no existan.
Porque es mentira que haya algo más; quién podría creerlo ante este despojo. Éste, que desde sus ojos de muerte húmeda no logra desprenderse de su belleza.

Diana H.
Foto: "La muerte" de la artista montenegrina Izabela Matos, amiga queridísima. Gracias Iza!
Para ver más de sus obras:

06 diciembre, 2009

En un tren


Que ya no sé qué hacer
ni cuándo
ni sé si debo

que este tren no se detiene
y todas las estaciones
son la próxima

que veo muchos pasajeros
algunos hasta son amables
pero ninguno me cuenta
quién soy
a tu manera

que éste no es un tren fantasma
porque yo soy una de ellos
y mi imagen no aparece
en los paneles

que las vías se desvían
y las curvas se descurvan
que me agitan como a un gallo loco
en una veleta
y los pasajeros no gritan de espanto
sino de tedio

que no encuentro mi boleto
y he olvidado
dónde me debo bajar

que nunca llego a alcanzarte
porque me gana
tu huida

que por qué te dije chau en la estación
y subí en éste
si yo nunca pretendí
partir.


Diana H.

27 noviembre, 2009

Mientras espero


Mientras espero observo cómo bailan afuera, en el rosal gigante, las primeras de la temporada. Se balancean altas y flexibles las ramas ataviadas de flores. Son rosas cautivas que no resisten el alejamiento. Apenas cortadas se desangran en pétalos impalpables que manchan de culpa los dedos y la mañana. Hay una parte de nosotros que nunca se resigna a las distancias, ni siquiera a las voluntarias.
Sigo esperando. Suenan los autos sucesivos en la calle y las horas dictan condenas. Me sacuden como una alarma que taladra las noches. Me repiten que hay un mundo más allá de mis vuelos y que hay contratos firmados en él. Y que no cumplirlos podría hacer llover ácido sobre mi cabeza. O sobre cabezas tan cercanas.
Dónde van mis delirios cuando trepan sus escaleras de caracol. Cómo anclar en este cuarto. Cómo prender raíces en el piso. Será posible evitar ese continuo deslizarme entre las rasgaduras hacia el otro lado cuando me urge ser yo. Por qué a menudo ambos lados se confabulan para tirar en direcciones opuestas con clara intención de linchamiento.
Mientras espero descubro que no sé qué espero. O a quién. Aquí las preguntas se detienen justo para salvarme de la próxima. O de alguna respuesta.
Las rosas siguen bailando, dueñas de una belleza que no aspira a la eternidad: ni falta que les hace. La brisa las mueve ante mis ojos para representar una fantochada de cotidianeidad. Yo finjo creerles, sólo para no ver mis propios pétalos sobre el barro.
Diana H.

20 noviembre, 2009

Si no



Si no penetran la noche
mis haces de versos
y entre nubes de ceniza
no ves más
que fugas estrelladas

si no llegan
mis botellas mensajeras
a la arena
de tus orillas sin sol

si es noviembre
y el invierno
se atrincheró en tu caverna
y otro día cumple
su amenaza de nacer


bastará con
empujar los desperdicios
y asomarte a la ventana.
Diana H.

15 noviembre, 2009

A su pedido

Va con cariño, especialmente dedicado a Dante y DeLirium, que pidieron verlo en mayor tamaño. Mi visión de una Frida muy joven, basada en una foto suya de sus primeros años, cuando aún la vida no la había cubierto de heridas.
Tengo planeado volver a mis colores... ojalá pronto logre encontrar el tiempo para eso.

Diana H.

07 noviembre, 2009

Un trompo


Cuando era chica tenía muchos juguetes. Claro que como toda niña, tenía mis favoritos. También tenía un cuarto que era el de juegos: mi madre y sus obsesiones de pulcritud y orden. Deduzco que algunos juguetes deben haber tenido un valor especial para ella por dos motivos: uno, que los guardaba en un lugar más inaccesible; el otro, porque pocas veces me daba licencia para disfrutarlos. Tan de mi madre. Y yo la adoro.
Uno de los “escondidos” era un trompo de metal. Era raro, porque ya casi no se veían trompos en esos días entre los juguetes de mis amigas. Lo que más recuerdo es que me costaba hacerlo arrancar porque el mecanismo exigía demasiada fuerza a mis manos de niña. Era muy colorido. Sobre la base amarilla del borde exterior tenía un punteado en rojo y negro que se iba adueñando del amarillo y terminaba siendo la base de color siguiente en una espiral mutante que terminaba en el centro. Mi intento por hacerlo funcionar resultaba siempre un fracaso: el trompo empezaba un movimiento torpe y descontrolado que terminaba rápidamente sobre un lado. Nunca dejó de decepcionarme. Cuando tuve la fuerza suficiente para hacerlo girar fue tarde. Ya no le veía la gracia.
En algún punto del camino pude ver qué era lo que me atraía: el eterno desafío de lograr ese baile que habitaba mis sueños pero que no llegaba a ser. Ese envión que me transportaría en los colores giratorios de mi trompo hacia un lugar imposible, tan desconocido y enorme que debe ser la percepción más aproximada del universo que haya tenido jamás. Y la esperanza de conseguirlo, por ser infinita, se mezclaba con el deseo desesperado de no lograrlo nunca.
Muchas veces vuelvo a verme trepada a mi empeño por arrancar el mecanismo con ayuda de las dos manos. Y el trompo vuelve a estrellar su rebeldía contra el zócalo de la pared más cercana, sin pena ni gloria.
También convivo con esa niña. Suelo verla sentada en el piso con los ojos muy abiertos; rodeada de sus juguetes, expectante. A escasos metros de abrazar el enigma que permanece intacto, a salvo, a millones de años luz.

Diana H.

27 octubre, 2009

Collares


Un collar de plumas que se me volaron en tantos vuelos interplanetarios.
Un collar con varias vueltas, por si te marea la rectitud de los caminos.
Un collar de silencios en no menor y acordes en sí sostenido.
Un collar flotante hecho de anclas rebeldes y otro de linternas que desmantelen abismos.
Un collar de azulejos pintados donde logres por fin encontrarte.

Las historias furtivas
son las cuentas
pendientes
de un collar de cuentos.

Diana H.

24 octubre, 2009

Mea Culpa

Éste es un post muy personal. No tiene poesía. Si de algo sirve a otros quizá sea para invitarlos a cuestionar nuestro tan preciado ego.
Reniego siempre de la gente soberbia. Sin embargo, me he descubierto actuando como una más de ellos. ¿En qué momento empecé a actuar como si ya todo lo supiera? ¿Como si fuera capaz de juzgar y decidir sobre el accionar de alguien, sin detenerme a pensar que hay tanto que ignoramos sobre otras personas?
Hoy he aprendido mucho sobre un tema que desconocía en absoluto. Igual que desconoceré otros miles y todavía no lo sé. Algo sobre otro ser humano que me ayuda a entenderlo. Y a partir de ahí, aceptarlo. Y quererlo como es, por todo lo que sí es, que es mucho.
¿Deberíamos saberlo todo antes de actuar? Ayudaría, pero sabemos de nuestras limitaciones. Y eso sí que no hay que olvidarlo: todos tenemos limitaciones. En todo caso, siempre estamos a tiempo de tomarnos el trabajo de entender. Hagamos algo por nuestra ignorancia.
Necesitaba decirlo. Gracias a quien llegó leyendo hasta aquí.

Diana.

18 octubre, 2009

Mara tiene un garbonclo (relato)

“Mara, caminá derecha. Ay, el garbonclo ése, que te hace andar torcida… Mara, que todo el mundo te mira”. Andar por la calle con su madre era lo peor.

Mara recordaba que cuando vio asomar el garbonclo imaginó muchas cosas, pero nunca esta situación tan inmanejable. Es más: al principio se sintió una elegida. Un garbonclo justo ahí. Lo veía crecer junto con su vanidad. Dedicaba largas horas a hidratarlo con cremas de algas, de lilas y de coco. Hasta solía maquillarlo, primero con sombras de colores, luego ya se animó a esparcirle purpurina. En las veredas y las plazas, los bancos y supermercados, todos se daban vuelta al verla pasar: hombres, mujeres, jóvenes y mayorcitos. Mara ostentaba su garbonclo con alevosía. Y le ocultaba apenas una puntita, sin piedad por los espectadores que morían en el deseo de conocerlo en versión completa. Ella sonreía con labios cerrados, ponía más intención en su zarandeo y lo hacía bailar al ritmo de sus pasos. Más de uno sufrió los efectos del trance que el garbonclo de Mara provocaba. Y quedó estampillado contra un árbol mientras sus ideas rebotaban dulcemente sobre el garbonclo mullido.

La cosa se puso seria cuando el aumento de tamaño ya fue visible de un día para otro. “Yo conozco un doctor que te lo puede filistear. Te va a quedar un poco legufo, pero me parece que va a ser lo mejor”, le dijo un día su prima Celmira con la mejor cara de idiota bienintencionada, pero con una envidia que le aullaba en las tripas. Mara no se decidía, pero al fin y al cabo le costaba enderezar la espalda para caminar. Comer y beber normalmente eran un recuerdo: desde que la altura del garbonclo superó el mentón, todo su alimento le llegaba por una bombilla que su madre le alcanzaba desde un costado. Además, ya no conseguía remeras. Había empezado a usar las camisetas del tío Roberto, que era panzón y le cubrían bastante la delantera, pero ya ni con eso podía. El garbonclo invadía su visión, su camino en la vereda, su futuro.

Decidida a que se lo filistearan un poco, fue a ver al doctor Olalazábal. Éste, aunque acostumbrado a lidiar con garbonclos, la vio entrar e irguió sus cejas para hacer lugar al tamaño de sus ojos. Cuando se repuso del impacto, se acercó y se lo palpó con fingido profesionalismo. Y en vez de revolear su mirada hacia el techo, como usualmente hacía para elaborar los diagnósticos, deposító de lleno sus ojos hambrientos en el garbonclo.
“¿Filistear esa preciosidad? ¿Dejarlo legufo? No seré yo el criminal”, pensó, ya entrado en trance.
“Tranquila, querida, esto no es grave. Ahora mismo empezaremos un tratamiento con unos ungüentos de última generación”, dijo, mientras tragaba saliva para detener el huracán interno. Sacó de su cajón unos potes de cremas sin etiquetas. Los ojos de Mara eran dos enormes signos de interrogación detrás del garbonclo avasallante.
Las palmas del doctor se revolvían en círculos untuosos , una sobre otra. Más crema, más círculos.
“¿Mara, me dijo? Mara… qué bello nombre”.

Diana H.

13 octubre, 2009

DEFINICIONES

Once de octubre:"Último día de libertad de los pueblos originarios"


Conquistar. Ganar mediante las armas. Habrá algo más grotesco que un ser humano haciendo alarde de su triunfo con un arma en la mano. Más patético. Mas degradante de su condición. Más factible de empequeñecerlo.
Conquistar. Adueñarse. Tomar posesión doblegando al otro. Mostrar sin pudores la incapacidad de elevarse. Doblegarse ante la posibilidad de ser algo más que un montículo absurdo de egoísmo y crueldad. Perder, en el más aplastante sentido de la palabra. Perder hasta la esencia de hombre. Hasta llegar a ser algo que no tiene nombre, por respeto a las bestias que habitan su dignidad en este planeta.
Habrá que buscarles un nombre. Será que no se lo hemos encontrado porque no hay combinación posible de letras capaces de nominar tanto horror e ignominia. O a lo mejor para no terminar de aceptar que están, que se siguen pavoneando en esta época y en esta tierra. Aunque hablemos de los años de la conquista como si fuera el pasado.
Conquistar. Enamorar a alguien.
Respiramos. Ésta al menos nos salva como especie.

Diana H.

Más textos sobre la conquista de América:
http://cruzagramas. com.ar/2009/ 10/once-de- octubre-el- ultimo-dia- por.html