07 noviembre, 2009

Un trompo


Cuando era chica tenía muchos juguetes. Claro que como toda niña, tenía mis favoritos. También tenía un cuarto que era el de juegos: mi madre y sus obsesiones de pulcritud y orden. Deduzco que algunos juguetes deben haber tenido un valor especial para ella por dos motivos: uno, que los guardaba en un lugar más inaccesible; el otro, porque pocas veces me daba licencia para disfrutarlos. Tan de mi madre. Y yo la adoro.
Uno de los “escondidos” era un trompo de metal. Era raro, porque ya casi no se veían trompos en esos días entre los juguetes de mis amigas. Lo que más recuerdo es que me costaba hacerlo arrancar porque el mecanismo exigía demasiada fuerza a mis manos de niña. Era muy colorido. Sobre la base amarilla del borde exterior tenía un punteado en rojo y negro que se iba adueñando del amarillo y terminaba siendo la base de color siguiente en una espiral mutante que terminaba en el centro. Mi intento por hacerlo funcionar resultaba siempre un fracaso: el trompo empezaba un movimiento torpe y descontrolado que terminaba rápidamente sobre un lado. Nunca dejó de decepcionarme. Cuando tuve la fuerza suficiente para hacerlo girar fue tarde. Ya no le veía la gracia.
En algún punto del camino pude ver qué era lo que me atraía: el eterno desafío de lograr ese baile que habitaba mis sueños pero que no llegaba a ser. Ese envión que me transportaría en los colores giratorios de mi trompo hacia un lugar imposible, tan desconocido y enorme que debe ser la percepción más aproximada del universo que haya tenido jamás. Y la esperanza de conseguirlo, por ser infinita, se mezclaba con el deseo desesperado de no lograrlo nunca.
Muchas veces vuelvo a verme trepada a mi empeño por arrancar el mecanismo con ayuda de las dos manos. Y el trompo vuelve a estrellar su rebeldía contra el zócalo de la pared más cercana, sin pena ni gloria.
También convivo con esa niña. Suelo verla sentada en el piso con los ojos muy abiertos; rodeada de sus juguetes, expectante. A escasos metros de abrazar el enigma que permanece intacto, a salvo, a millones de años luz.

Diana H.

27 octubre, 2009

Collares


Un collar de plumas que se me volaron en tantos vuelos interplanetarios.
Un collar con varias vueltas, por si te marea la rectitud de los caminos.
Un collar de silencios en no menor y acordes en sí sostenido.
Un collar flotante hecho de anclas rebeldes y otro de linternas que desmantelen abismos.
Un collar de azulejos pintados donde logres por fin encontrarte.

Las historias furtivas
son las cuentas
pendientes
de un collar de cuentos.

Diana H.

24 octubre, 2009

Mea Culpa

Éste es un post muy personal. No tiene poesía. Si de algo sirve a otros quizá sea para invitarlos a cuestionar nuestro tan preciado ego.
Reniego siempre de la gente soberbia. Sin embargo, me he descubierto actuando como una más de ellos. ¿En qué momento empecé a actuar como si ya todo lo supiera? ¿Como si fuera capaz de juzgar y decidir sobre el accionar de alguien, sin detenerme a pensar que hay tanto que ignoramos sobre otras personas?
Hoy he aprendido mucho sobre un tema que desconocía en absoluto. Igual que desconoceré otros miles y todavía no lo sé. Algo sobre otro ser humano que me ayuda a entenderlo. Y a partir de ahí, aceptarlo. Y quererlo como es, por todo lo que sí es, que es mucho.
¿Deberíamos saberlo todo antes de actuar? Ayudaría, pero sabemos de nuestras limitaciones. Y eso sí que no hay que olvidarlo: todos tenemos limitaciones. En todo caso, siempre estamos a tiempo de tomarnos el trabajo de entender. Hagamos algo por nuestra ignorancia.
Necesitaba decirlo. Gracias a quien llegó leyendo hasta aquí.

Diana.

18 octubre, 2009

Mara tiene un garbonclo (relato)

“Mara, caminá derecha. Ay, el garbonclo ése, que te hace andar torcida… Mara, que todo el mundo te mira”. Andar por la calle con su madre era lo peor.

Mara recordaba que cuando vio asomar el garbonclo imaginó muchas cosas, pero nunca esta situación tan inmanejable. Es más: al principio se sintió una elegida. Un garbonclo justo ahí. Lo veía crecer junto con su vanidad. Dedicaba largas horas a hidratarlo con cremas de algas, de lilas y de coco. Hasta solía maquillarlo, primero con sombras de colores, luego ya se animó a esparcirle purpurina. En las veredas y las plazas, los bancos y supermercados, todos se daban vuelta al verla pasar: hombres, mujeres, jóvenes y mayorcitos. Mara ostentaba su garbonclo con alevosía. Y le ocultaba apenas una puntita, sin piedad por los espectadores que morían en el deseo de conocerlo en versión completa. Ella sonreía con labios cerrados, ponía más intención en su zarandeo y lo hacía bailar al ritmo de sus pasos. Más de uno sufrió los efectos del trance que el garbonclo de Mara provocaba. Y quedó estampillado contra un árbol mientras sus ideas rebotaban dulcemente sobre el garbonclo mullido.

La cosa se puso seria cuando el aumento de tamaño ya fue visible de un día para otro. “Yo conozco un doctor que te lo puede filistear. Te va a quedar un poco legufo, pero me parece que va a ser lo mejor”, le dijo un día su prima Celmira con la mejor cara de idiota bienintencionada, pero con una envidia que le aullaba en las tripas. Mara no se decidía, pero al fin y al cabo le costaba enderezar la espalda para caminar. Comer y beber normalmente eran un recuerdo: desde que la altura del garbonclo superó el mentón, todo su alimento le llegaba por una bombilla que su madre le alcanzaba desde un costado. Además, ya no conseguía remeras. Había empezado a usar las camisetas del tío Roberto, que era panzón y le cubrían bastante la delantera, pero ya ni con eso podía. El garbonclo invadía su visión, su camino en la vereda, su futuro.

Decidida a que se lo filistearan un poco, fue a ver al doctor Olalazábal. Éste, aunque acostumbrado a lidiar con garbonclos, la vio entrar e irguió sus cejas para hacer lugar al tamaño de sus ojos. Cuando se repuso del impacto, se acercó y se lo palpó con fingido profesionalismo. Y en vez de revolear su mirada hacia el techo, como usualmente hacía para elaborar los diagnósticos, deposító de lleno sus ojos hambrientos en el garbonclo.
“¿Filistear esa preciosidad? ¿Dejarlo legufo? No seré yo el criminal”, pensó, ya entrado en trance.
“Tranquila, querida, esto no es grave. Ahora mismo empezaremos un tratamiento con unos ungüentos de última generación”, dijo, mientras tragaba saliva para detener el huracán interno. Sacó de su cajón unos potes de cremas sin etiquetas. Los ojos de Mara eran dos enormes signos de interrogación detrás del garbonclo avasallante.
Las palmas del doctor se revolvían en círculos untuosos , una sobre otra. Más crema, más círculos.
“¿Mara, me dijo? Mara… qué bello nombre”.

Diana H.

13 octubre, 2009

DEFINICIONES

Once de octubre:"Último día de libertad de los pueblos originarios"


Conquistar. Ganar mediante las armas. Habrá algo más grotesco que un ser humano haciendo alarde de su triunfo con un arma en la mano. Más patético. Mas degradante de su condición. Más factible de empequeñecerlo.
Conquistar. Adueñarse. Tomar posesión doblegando al otro. Mostrar sin pudores la incapacidad de elevarse. Doblegarse ante la posibilidad de ser algo más que un montículo absurdo de egoísmo y crueldad. Perder, en el más aplastante sentido de la palabra. Perder hasta la esencia de hombre. Hasta llegar a ser algo que no tiene nombre, por respeto a las bestias que habitan su dignidad en este planeta.
Habrá que buscarles un nombre. Será que no se lo hemos encontrado porque no hay combinación posible de letras capaces de nominar tanto horror e ignominia. O a lo mejor para no terminar de aceptar que están, que se siguen pavoneando en esta época y en esta tierra. Aunque hablemos de los años de la conquista como si fuera el pasado.
Conquistar. Enamorar a alguien.
Respiramos. Ésta al menos nos salva como especie.

Diana H.

Más textos sobre la conquista de América:
http://cruzagramas. com.ar/2009/ 10/once-de- octubre-el- ultimo-dia- por.html

07 octubre, 2009

Sin salida (y sí... es que a mí Saramago me dice tanto)



“La luna está perdida entre las ramas de la higuera, pasará toda la noche buscando la salida” (J.Saramago, La balsa de piedra)


Avanza por la cornisa de una rama interminable para llegar a otra, cuyas curvas ahorcan más aún. Que acusen al vértigo por la blancura que viste esta noche. El suelo queda tan lejos. Y el cielo ya no es un lugar de fiar. Desliza con sigilo su cuerpo de luz sobre la rama cercana. Ésta pareciera más confiable pero ella sabe, mejor que nadie, que nada miente mejor que la ilusión.

Crece la noche. La luna padece las consecuencias del movimiento terrestre. Se entrega, se deja ir. Pero queda enredada en una maraña más negra que la noche. Y vuelve a extrañar ese cielo que, de golpe lo descubre, se diferencia del suelo en apenas dos letras.

Si pidiera ayuda quizá la escucharía algún búho desorientado. O un vampiro solidario exiliado de sus congéneres. O su propio reflejo en un charco de sal, o en la piel de una amante que se desnudó en vano.

Pero es inútil.

La luna sabe que no sabe hablar.
Diana H.

04 octubre, 2009

Policromía


Vivir
en las alas azules de mil colibríes
en la concavidad de las olas
en el cielo del verano
que adivina milagros
en bicicleta

en los verdes agua
que se llevan a flote
una niña perenne
pétalo y volátil
que se desprende
se va

vivir
en los rojos que atropellan y salpican
que se roban rosas
que apabullan amarillos
que incendian lilas y los saquean

en los grises plomizos
grises tiranos
grises que matan
de silencio

vivir también
especialmente
en las esperas celestes
que suceden en arpegios
que acunan la mañana desde un vuelo
celeste
se sientan en la calle a beber
sol.


Diana H.
Hoy me sumo humildemente desde acá a la despedida a la Negra, cuya voz fue, es, un magnífico arco iris que aprendí a disfrutar desde chiquita.

28 septiembre, 2009

Don Lehr


Para Don Lehr, a quien ayer vinieron a buscar.
(Escrito en mayo de 2009)


A Don Lehr el tiempo parece habérsele pasado todo.
Su presencia inmutable denota muchos años vividos en un mundo que ya no está. Sin embargo, él sigue aquí. Es como si la muerte pasó, pero se olvidó de llevarlo.
Desde la estrechez de la puerta gris que da directamente a la vereda, observa la vida. La de los otros. Con uno de sus brazos apoyado en el marco, carga con un cuerpo que es ya demasiado para un par de pies vencidos. Permanece horas enteras como un vigilante del barrio, con su camisetilla blanca semi transparente de lavados y su eterno pantalón azul.
No habla, no ríe, quizás no llora. No recibe visitas. A veces asoma apenas la sombra de su hija discapacitada, que intenta compartir con él un trozo de la abertura. Al fondo, esas paredes azul oscuro que guardan el pasado con olor a humedad.
Don Lehr tiene en sus ojos un cielo nublado de cataratas. Nadie sabe cuánto del mundo realmente entra por allí. Él parece no notar que apenas ve, y en ocasiones permanece detrás de la puerta semicerrada. Sólo su gran nariz roja en la abertura delata su presencia, en ridícula actitud de espía, tan obvia que no despierta más que una sonrisa, como cuando los niños juegan a no estar cubriéndose los ojos con inocencia.
Un mal pensado podría suponer que es un chismoso. En absoluto. Don Lehr sobrevive en este mundo como una sombra que perdió su dueño, aferrado como puede a vidas ajenas, colgado de un lugar que no es. Esperando que alguien se acuerde de que su historia se terminó hace tiempo, y venga al fin por él.
Diana H.

21 septiembre, 2009

Poiesis de setiembre



Adoro las flores. El problema es que se mueren demasiado pronto, y encima algunas terminan en velorios ajenos.


Un corazón con dientes podría ser útil para asimilar mejor las penas. Y un cepillo para limpiarlos, serviría para sacar de pobre a su inventor.


Los ojos se cierran por sí solos para no ver la estupidez. Pero los pobres oídos no se salvan sin un par de manos que aíslen las palabras necias.


Cómo secar una lágrima que nadie mojó.


DIANA H.

09 septiembre, 2009

Un nombre


“Los nombres que tenemos son sueños, con quién estaré yo soñando si sueño con tu nombre”. (José Saramago, “La balsa de piedra”)

Era una noche tan noche como otras. Ella se durmió masticando el fruto del agotamiento, que tan bien aderezaba con hastío. Él llegó en medio de la noche, para renovar el contrato del cuarto que alquilaba en su imaginación desbordada. Ella se despertó gritando su nombre. Lo repitió tantas, pero tantas veces, que al final se lo arrancó.

Ahora ella lo llama dormida, lo llama despierta. Lo busca en los rincones del cuarto, lo espera sentada junto a una ventana de espejo. Pero él no puede contestarle porque ya no sabe quién es. Y ella sueña los días y vive las noches abrazada a un nombre vacío como una cáscara.


Diana H.