
Cuando era chica tenía muchos juguetes. Claro que como toda niña, tenía mis favoritos. También tenía un cuarto que era el de juegos: mi madre y sus obsesiones de pulcritud y orden. Deduzco que algunos juguetes deben haber tenido un valor especial para ella por dos motivos: uno, que los guardaba en un lugar más inaccesible; el otro, porque pocas veces me daba licencia para disfrutarlos. Tan de mi madre. Y yo la adoro.
Uno de los “escondidos” era un trompo de metal. Era raro, porque ya casi no se veían trompos en esos días entre los juguetes de mis amigas. Lo que más recuerdo es que me costaba hacerlo arrancar porque el mecanismo exigía demasiada fuerza a mis manos de niña. Era muy colorido. Sobre la base amarilla del borde exterior tenía un punteado en rojo y negro que se iba adueñando del amarillo y terminaba siendo la base de color siguiente en una espiral mutante que terminaba en el centro. Mi intento por hacerlo funcionar resultaba siempre un fracaso: el trompo empezaba un movimiento torpe y descontrolado que terminaba rápidamente sobre un lado. Nunca dejó de decepcionarme. Cuando tuve la fuerza suficiente para hacerlo girar fue tarde. Ya no le veía la gracia.
En algún punto del camino pude ver qué era lo que me atraía: el eterno desafío de lograr ese baile que habitaba mis sueños pero que no llegaba a ser. Ese envión que me transportaría en los colores giratorios de mi trompo hacia un lugar imposible, tan desconocido y enorme que debe ser la percepción más aproximada del universo que haya tenido jamás. Y la esperanza de conseguirlo, por ser infinita, se mezclaba con el deseo desesperado de no lograrlo nunca.
Muchas veces vuelvo a verme trepada a mi empeño por arrancar el mecanismo con ayuda de las dos manos. Y el trompo vuelve a estrellar su rebeldía contra el zócalo de la pared más cercana, sin pena ni gloria.
También convivo con esa niña. Suelo verla sentada en el piso con los ojos muy abiertos; rodeada de sus juguetes, expectante. A escasos metros de abrazar el enigma que permanece intacto, a salvo, a millones de años luz.
Diana H.


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