28 noviembre, 2011

Éxodo



No están. Se han ido envueltas en el silencio de la última gota que se evapora en un balde. Dejan a su paso el abandono que pinta en mi cielo la acuarela de un campo arrasado y en el aire el polvo emigrante de los recuerdos.

Su ausencia es un hecho. Convocarlas en un ritual de fe impostada sería patético. Con los años se pierde sin remedio la tolerancia hacia la hipocresía y las comedias mal interpretadas. Y al mismo tiempo crece la necesidad implacable de lo auténtico. Aunque a veces pareciera que no es cierto, es verdad que existe un límite para aquello de lo cual seríamos capaces por lograr lo más anhelado. Es el respeto.

No queda más que decir. Al menos por ahora. Flota un haz de luz intermitente en la penumbra de esta tarde bochornosa y sin nombre. Lo sigo con el sigilo de un animal al acecho. Si la vista no me engaña, y ni de ella puedo ya fiarme últimamente, parece que han tenido la cortesía, o la debilidad, o la condescendencia de dejar la puerta abierta. Claro que pensándolo bien, pudo no haber sido más que un último descuido.

Diana H.

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